Editorial

Asesinato en Serie

Cuando se matan una a una las mujeres que viven en este cuerpo. Llevo unos cuantos meses con un crimen encima. Las he mata do, sin piedad, una a una, como si quisiera acabar con una raza de especímenes que se multiplican.

Y lo confieso, me produce la más grande sensación al punto de empezar a pensar que esto de matar, es casi necesario. Sobre todo cuando se trata de matar a las múltiples mujeres que vivían en mí y de vez en cuando se robaban esta alma.

Empecé por la niña. Para promover esto del asesinato había que hacerlo desde lo más cruel y agarré a la niña. Pecosa, inocente, virginal, edípica como cualquier otra, absolutamente apegada a una fanta sía de vida. La misma que teme a la responsabilidad y al compromiso porque siempre tiene alguien que la tome de la mano. La que cuando jugaba a las muñecas, nunca se pensaba trabajando, sino viajando, como si la vida fuera un fondo interminable de dinero. Y la maté y para darle una muerte más digna, la enterré con las muñecas, la virginidad, la inocencia, las fantasías, el dinero de papi y los sueños rosados.

Pero le robé el lagrimal, por si lo necesitaba. Seguí con la princesa. Nada de inocente e ingenua, más sí calculadora. Calculaba cada movimiento, cada sonrisa, delicada, dulce, paciente, porque el príncipe podía estar cerca. Maravillosamente buena para el hogar. Apasionada por la cocina, por el buen uso de las cosas, por la delicadeza al vestir, al comer, al hablar, al vivir. Mostraba la dulzura de la mujer de valores, la mujer de la casa, pero como buena princesa no se interesaba en nada más que un reino y en su príncipe. La maté y antes de enterrarla le saqué la belleza, como sea que fuere, siempre la iba a necesitar.

Continué con la guerrera. Fue difícil. Maldita valiente, maldita mujer que podía lograrlo todo.

Hacer el trabajo, la familia, el amor, los amigos, las pasiones, los pasatiempos, la soledad y todo lo de más como una batalla siempre ganada. La maté por intolerante al fracaso. Y por feminista. La maté y fue la que más me costó porque quería dejarla con vida, tal vez agonizando, pero con vida. Al final la tuve que ver morir. No soportaba que no le dolieran sus amores, que fueran pasatiempos de su vida y que perdiera grandes seres por el egoísmo de pensar cada vez más en ella. Siempre con el escudo en la mano, dispuesta a que nadie le enterrara ningún puñal. Siempre, era siempre. La maté y la enterré con el escudo y aunque quise robarlo para mí, el cadáver nunca lo soltó. Supongo que venía incorporado en ella y tuve que dejarla ir, con escudo, perfecciones y valentías. La dejé ir entera.

Y me quedó una. Al frente, como si fuera la única y la última de la serie. La mujer que como las otras vivía en mí pero siempre me había costado mirar. La sencilla, la humilde, la simple. La que disfruta los detalles de la vida. La disciplinada, la juiciosa, la que ama con el alma, la apasionada, la tranquila, la que vive. Cuando me acerqué para matarla, la besé, era lo único que ella quería, ser amada. No quería fantasías rosadas, reinos ni príncipe azul o guerras. No era niña, princesa ni guerrera. Y fue inevitable amarla desde ese instante. Le di el lagrimal y la belleza de mis asesinadas y ella se encargó de lo demás. No necesito escudos y yo solté mi puñal, con ansias de no matarla nunca, admirando su profunda sinceridad y transparencia. Y me enamoré de ella y ella terminó matándome a mí. Y se ganó este cuerpo, ganó esta alma y ganó este caso.

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